Prácticas espirituales

Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de  dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos lectio divina. Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve. Esta lectura orante de la Biblia no está separada del estudio que realiza el predicador para descubrir el mensaje central del texto; al contrario, debe partir de allí, para tratar de descubrir qué le dice ese mismo mensaje a la propia vida. La lectura espiritual de un texto debe partir de su sentido literal. De otra manera, uno fácilmente le hará decir a ese texto lo que le conviene, lo que le sirva para confirmar sus propias decisiones, lo que se adapta a sus propios esquemas mentales. Esto, en definitiva, será utilizar algo sagrado para el propio beneficio y trasladar esa confusión al Pueblo de Dios. Nunca hay que olvidar que a veces “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11, 14). En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: “Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?, ¿Qué me molesta en este texto?, ¿Por qué esto no me interesa?”, o bien: “¿Qué me agrada?, ¿Qué me estimula de esta Palabra?, ¿Qué me atrae? Cuando uno intenta escuchar al Señor, suele haber tentaciones. Una de ellas es simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la propia vida.

También  sucede que uno comienza a buscar excusas que le permitan diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces pensamos que Dios nos exige una decisión demasiado grande, que no estamos todavía en condiciones de tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en su encuentro con la Palabra, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino que la hace posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia existencia y la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a seguir creciendo y que le pidamos a él lo que todavía no podemos lograr.

Custodiar el corazón

Papa Francisco, meditación en Santa Marta, 10 de octubre de 2014

¿Custodiamos bien nuestro corazón? Es necesario custodiar nuestro corazón donde habita el Espíritu Santo “para que no entren los demás espíritus”. “Cuántas veces entran los malos pensamientos, las malas intenciones, los celos, las envidias. Tantas cosas, que entran ¿Pero quién ha abierto aquella puerta?, ¿Por dónde han entrado? Si yo no me doy cuenta” de cuanto “entra en mi corazón, mi corazón se convierte en una plaza, donde todos van y vienen. Un corazón sin intimidad, un corazón donde el Señor no puede hablar y ni siquiera ser escuchado”. En este sentido, es recomendable la práctica, muy antigua “pero buena”, del examen de conciencia. “Quién de nosotros en la noche, antes de terminar el día cuando se queda solo” y en silencio, no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón?, ¿Qué sucedió?, ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?”, es un ejercicio importante, una verdadera “gracia” que puede ayudarnos a ser buenos custodios. Porque, como recordó el Papa, “los diablos vuelven siempre, incluso hasta el final de la vida”. Y para vigilar que los demonios no entren en nuestro corazón es necesario saber “estar en silencio ante nosotros mismos y ante Dios”, para verificar si en nuestra casa “entró alguien” que no conocemos y si “la llave está en su lugar”. El Papa concluyó diciendo que esto “nos ayudará a defendernos de muchas maldades, incluso de las que nosotros mismos podamos realizar”.